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Por Rafael A. Gandía Vidal

Mitos y leyendas, ritos y ceremonias, tradiciones y costumbres subyacen al analizar noticias, hechos y circunstancias de nuestros moros y cristianos.

El devenir del tiempo, la civilización y el progreso, han ido haciendo desaparecer gran parte de esas costumbres que tantas horas felices proporcionaron a los ontinyentinos de nuestra pristina esencia nacida, arraigada, mantenida y vivida por el Ontinyent del siglo XIX.

Ya en vísperas de las tradicionales fiestas llegaban a la villa, tras un penoso viaje, gran afluencia de forasteros que sufrían las incomodidades del camino, pues hay que considerar que los provenientes de Valencia, con el moderno medio de transporte que era el ferrocarril, llegaban a Xátiva (por entonces estación término) para ser recogidos por unos vehículos tirados por caballerías, carruajes en los que escasamente cabían 12 personas y que en la mayoría de las veces eran ocupados por 26 viajeros más el mayoral; en algunas ocasiones por no encontrar colocación, muchos pasajeros quedaban apeados en aquella ciudad. El viaje, que se iniciaba a las 10 de la noche para llegar tras cinco o seis horas totalmente descompuestos, no era ningún obstáculo si se pensaba que, en medio del derroche de ilusión, de ropajes, de carrozas, de desfiles, de músicas... iban a vivir la belleza y la fantasía de los moros y cristianos, olvidando sus preocupaciones y quebraderos de cabeza que cotidianamente les producían las cosechas. Con esta venida de forasteros, con la llegada de las músicas y la participación de toda la villa llenando por completo calles y plazas, se desarrollaban con gran pompa y lucimiento de las fiestas. Preparadas durante todo el año, se consumían en unas añoradas jornadas, siempre cortas e intensamente vividas noche y día, que no tenían otro fin que el de servir de deleite para el pueblo que las crea y las vive.

Centrada la atención en el segundo día del festejo, a las cuatro de la tarde, todas las comparsas reunidas en la plazuela de San Francisco se dirigían a la iglesia de San Carlos, de la cual, y a las cinco en punto partía la procesión del Santísimo Cristo de la Agonía que recorría las calles Mayor, Tundidores, Porche, Plaza Nueva, Trinidad, Plaza de San Pedro, Plaza de la Iglesia, Monjas, Pósito, Plaza Constitucional, San Jaime, Príncipe, Santa Rosa, Antolí, Reina, Gomis y San Carlos.

El volteo general de las campanas de la villa marcaban el comienzo de la procesión. Las fragatas Méndez Núñez, Invencible, Almanzor y el vapor Cristobal Colón, la iniciaban, adornadas de forma esplendorosa con flores, gallardetes, estandartes y luces triunfales, iluminados a la veneciana. Mientras sus tripulantes soltaban palomas y pájaros, arrojaban versos, buquets y dulces. Toda la carrera estaba adornada ricamente y repleta de un numerosísimo público ansioso de adorar la venerada imagen que era acompañada no sólo por todos los festeros, sino también de un sinfín de fieles y devotos, los cleros de ambas parroquias y las dignísimas autoridades que presidían el devocional cortejo.

A la entrada de la Santa Imagen del Cristo en el templo, las barcas se colocaban a los lados de su puerta encendiendo luces de bengala y elevando pequeños globos, presentando todo aquello un aspecto fantástico.

Por la noche, y cuando el reloj del campanario de Santa María hacía sonar las nueve, daban comienzo los bailes, cuyo final coincidía con la medianoche, tomando parte todos los indivíduos que componían las diferentes comparsas. Los Bailes de filadas (así fueron denominados) eran ejecutados al son de panderetas y castañuelas. Para el arte de Terpsicore, cada una de ellas buscó, en 1860, los más afamados maestros de baile de la capital, creando cada una de ellas un estilo personalísimo.

Pero la fanfarria de colores y de músicas, bajo el brillar maravilloso de la luna de un agosto caluroso y luminoso, tenían por escenario el viejo cauce del Río Clariano, con sus limpias, frescas y transparentes aguas que borran de los corazones los recuerdos amargos. La deseada Nit del Riu, el acto cargado de fiesta, comenzaba.

Con anterioridad se habían preparado en el remansado caudal unos charcos poco profundos, simulando el mar, donde navegaban las fragatas Méndez Núñez, Invencible y el vapor Cristobal Colón tripulados por los Marineros en el formado a la altura del actual lavadero y la fragata Almanzor guiada por los Moros Marinos en el embalsamiento de agua de la chopada del Tintorer, protagonistas todos de la batalla naval que al amanecer se desarrollaba entre la armada de la cruz y la flota musulmana.

Discurría la noche arreglándose los campamentos de la parte derecha del río, montándose las tiendas de campaña y encendiéndose fogatas, ofreciendo con ello, dado lo escabroso del terreno, un aspecto inusitadamente mágico.

El viejo cauce, que parecía una guirnalda de hogueras, era un manto salpicado de gozos y nostalgias, un abigarrado mosaico de gentes. En aquel escenario festero hallábanse los Labradores de ancho zaragüel, los Capellanes o Cruzados, recordando la gloriosa parte del clero que tomó parte en la reconquista, los Tomasinos o Antigua Española, cuyo atuendo correspondía más bien al del señorito de la sociedad del barroco, con su zapato de hebilla, media rosa, pantalón a media pierna y chupa de faldones, tocados con un airoso sombrero de tres picos, los Estudiantes con la clásica aspa que forman la cuchara de palo y el tenedor de madera... las tropas moras con sus conocidas chilabas o sus pantalones bombachos, las músicas y la gente. Hombres sencillos que con sus maneras de vestir, nos dicen ser parte del gremio tan en boga entonces, el de campesino, quienes inquietos acudían con su ávida curiosidad, no solo a contemplar a los que visten los trajes multicolores de moro y de cristiano, sino para divertirse, creando una propicia atmósfera llena de euforia popular.

Sobre improvisadas mesas y mientras se cenaba un buen pedazo de pan amasado en casa y cocido al horno y acompañdo algún trozo de embutido, que la matanza de los cerdos criados por ellos mismos les habían proporcionado, o de unas migas de bacalao, o de una sardina salada bien asada, o de unas lonchitas de Tonyina de sorra... se podían observar, de sabrosa ensalada con pepino y tomate y otros peculiares productos que el suelo les daba, todo ello regado con un buen vino de la tierra que transportaban en sus viejas botas. De postre, unas buenas tajadas de melón que tanta fama alcanzara en toda España y como postrero un buen cigarro de tabaco picado, cuyo enrolle era todo un arte.

Mientras, esos hombres que ponen todo su saber y su tener, todo su ser a disposición de su filada y al servicio de las fiestas, preparaban en esas rojizas brasas que formaban los leños al consumirse, suculentas y tiernas espigues rodeados de gente inquieta que acudía a saborearlas.

Cada comparsa solía estar reunida en un sitio determinado, haciéndose acompañar por su música, familiares y amigos, formando entre todos un gran ruedo lleno de fiesta, de una fiesta que más que entrepelía y evasión era pura mística, al igual que vestirse de festero.

La alegría era general, los vecinos y los forasteros no dormían en toda la noche, los músicos lo animaban con alegres pasacalles mientras algunos tenían que tomar algún que otro remojón; menos mal que después y alrededor del buen fuego, entre risas, tragos, y... iban secándose chilabas, pantalones, fajas, etc...

Pero también, el tiempo fue en algunas ocasiones el mayor tormento que tuvieron aquellas gentes, quienes a veces se veían impotentes e inundados por una inesperada tempestad de riudosos truenos y fulminantes relámpagos, produciendo una torrencial lluvia que hacía teminar cuanto antes el acto. Otras veces, la inestabilidad climática hacía que todos mirasen y remirasen el cielo, la veleta de los campanarios y cuanto hay que mirar para saber si el estado atmosférico sufría alguna variación, arruinando esos momentos que les parecían sublimes, maravillosos, sorprendentes y fantásticos.

La noche avanzaba con el tañir de clarines, con la alerta de los centinelas. A las tres de la madrugada, las barcas que ocupaban el río rompían el fuego con bombas de colores y luces de bengala, iluminando el campamento. Mientras, se elevaban globos de papel y se disparaban infinidad de cohetes voladores. Los músicos llenaban el ciego cielo con el toque de diana, dando inicio a la gran batalla. De este modo, finalizaba La Nit del Riu de la que no se sabe qué admirar más, si la originalidad del acto o el que a pesar de la trifulca que existe entre los dos bandos no hay que lamentar jamás desgracia alguna.

La Nit del Riu fue un acto cargado de fiesta, de una fiesta abierta a todos, no solamente a los que a lo largo del año se sacrificaban con trabajo incansable sino a los que venían a ella, en donde nadie se sentía forastero. Lástima que la fiesta la haya perdido, porque al perderla, ha destruido su entrañable encanto, pues el público y el festero lo pasaban maravillosamente, incluso el pobre músico que parecía morir tísico de tanto tocar. De ello dan fe la cantidad de hechos y anécdotas que nuestros mayores y algún que otro documento nos ha relatado. Sólo los amantes de la auténtica fiesta soñamos con una pronta y auténtica recuperación del acto.